sábado, 26 de septiembre de 2009

Empieza a llover. Las estrechas calles se mojan, las personas huyen, buscan refugio. Los pequeños pubs se llenan, y las calles mueren. El sonido de la lluvia es precioso. Siento la humedad, huelo la lluvia. Me entra un escalofrío curioso, y le doy otra calada a mi cigarrillo. Estoy en un portal, capucha puesta, zapatos semi-mojados. Mis pies están cansados de arrastrarse. Me doy cuenta de que estoy esperando a que llegue a su fin esta deliciosa lluvia. Y me doy cuenta, lentamente, que la lluvia parará. Que la echaré de menos, que ni siquiera había llegado a bailar con ella. No había llegado a sentir su cuerpo, no había llegado a escuchar sus susurros. En ese momento, di un paso, y rompieron esas cadenas que te atan a la lógica. Mi capucha cayó, mi cigarrillo se apagó. La lluvia caía, susurraba, me acariciaba. Al tocar el suelo, marcaba un ritmo perfecto que yo seguía sin pensar. En ningún momento se me ocurrió preguntarme ¿Y si me ve alguien? Ni ¿Y si me pongo mala? La lluvia seguía cayendo, cada vez más fuerte, y yo seguía bailando, cada vez más rápido. Seguí bailando, y mientras lo hacía, recorría la vacía ciudad.
Y entonces, paró. Las lágrimas me abandonaron, y ahí me quedé, sin aliento, en medio de una plaza. Sentí como pesaba mi pelo, mi cuerpo. De mi mano cayó el cigarrillo, todavía mojado. Poco a poco me di cuenta de que estaba rodeada de personas que susurraban y me apuntaban. Todos eran iguales, los mismos trajes, las mismas caras. Una pequeña niña tiró de mi sudadera. “¿Por qué eres taaan extraña?” me dijo. Intenté contestar pero me había quedado muda. El sol había salido y estas personas se dispersaban, sonriendo. Corrí hacia la sombra, buscando una nube, una gota de lluvia. Quería que volviese mi tristeza, quería bailar de nuevo con la soledad, pero lentamente, mis zapatos se secaron, y pues yo, como todos, me recogí el pelo y sonreí.

0 comentarios: